Las perspectivas futuras de reingeniería profunda del sistema agrícola del mundo parecen inminentes. Los agricultores de Estados Unidos planean plantar la mayor superficie de maíz desde la Segunda Guerra Mundial para producir etanol y mezclarlo con la gasolina.
La Comunidad Europea, por su lado, ha mandatado a los países miembros a que todos los autos deben usar al menos 20% de biodiesel para el año 2020. Las extensiones dedicadas a producir biomasa para la fabricación de bioenergéticos en diversos países se han incrementado notablemente y lo harán aún más en el futuro.
Las desventajas económicas, sociales y ecológicas de producción de ciertos biocombustibles, notablemente etanol a partir de maíz, han forzado a posar la mirada en otras formas de producción de biocombustibles.
La producción brasileña de etanol a partir de caña de azúcar parece ser de las más eficientes, pero no en todas partes se puede cultivar caña y tener un proceso industrial igualmente eficiente.
Una planta nativa de las zonas tropicales secas de México llamada “siclite” (Jatropha curcas), de cuyas semillas no comestibles se extrae aceite útil para la producción de biodiesel, ha surgido como una opción atractiva y varios países la han sembrado en decenas de miles de hectáreas, a pesar del poco conocimiento sobre su biología y requerimientos agronómicos.
Los siguientes temas son relevantes para definir la sustentabilidad de la producción de un biocombustible: 1) su eficiencia energética; 2) el desplazamiento del uso del suelo (alimentos, madera) indispensable a la gente; 3) los impactos ambientales y sobre la biodiversidad de la producción/extracción masiva de las plantas; 4) los efectos económicos locales sobre la prosperidad y el bienestar de los dueños de las áreas donde se genera la materia prima.
Estos elementos mínimos deberían constituir parte de una política energética nacional de producción de biocombustibles y que deberían ser regularmente monitoreados por un organismo independiente de expertos, cosa que no está contemplada en la recién aprobada ley sobre el tema, como no lo está en forma clara la existencia de un grupo dedicado a definir prioridades de investigación sobre este tema tan novedoso.
Existen dos niveles que hay que cuidar para que se cumplan los anteriores requisitos; el primero, local, se refiere al nivel donde los productores de la materia prima y los transformadores industriales de la misma deben vigilar aspectos como la conservación del suelo y la biodiversidad, así como la reducción de GEI”s en el proceso industrial y en el producto.
El otro nivel, nacional, debe ser responsabilidad de la rectoría del Estado e involucra elementos como el cuidado del sector agrario, la vigilancia de los precios de los alimentos y la seguridad alimentaria, cambios en el uso del suelo, etcétera.
Actualmente, a pesar de los avances a escala global (con altísimos costos ecológicos) en la productividad agrícola, existen más de 680 millones de personas que sufren hambrunas intensas y otros mil millones están francamente desnutridos. A esto hay que añadir la necesidad de alimentar, en el 2050, una población 50% mayor que la actual. La competencia ya establecida en muchos países para la producción de cultivos para biocombustibles, especialmente para producir etanol, a costa de la producción alimentaria, es ominosa.
No podemos encarar el cambio climático desforestando grandes extensiones de nuestro país para generar biocombustibles, ni desplazando campesinos que poseen la tierra o generando escasez o elevación de precios de alimentos básicos, para suministrar combustibles a una sociedad insensible en el uso racional de combustibles y a la que no hemos ofrecido adecuados medios de transporte público, o a una industria y un comercio que no asumen su parte de responsabilidad en el esfuerzo de conducirnos hacia un desarrollo sustentable.
Termino con las palabras de Achim Steiner, director del PNUD: “La bioenergía nos ofrece una oportunidad extraordinaria para atender el cambio climático, la seguridad energética y el desarrollo rural. Sin embargo, las inversiones tendrán que planearse con sumo cuidado para evitar la generación de nuevos problemas ambientales y sociales”.
*Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM
Fuente: El Universal (www.eluniversal.com.mx)
Recomiende o comparta esta entrada