Ya exploran otras fuentes



Bob Wallace, experto en biocombustibles que trabaja en NREL, explicó que el etanol de celulosa se obtiene a partir del olote y la tuza del maíz, desechos agrícolas e incluso basura.

En Golden, Colorado, la tuza y otros desechos del maíz son sometidas a un procedimiento que permite sacarles el azúcar, y luego fermentarla y convertirla en etanol.

Se trata de una de las líneas de investigación y desarrollo del Laboratorio Nacional de Energías Renovables (NREL, por sus siglas en inglés), donde millones de dólares en fondos federales son invertidos cada año para superar los problemas de impacto ambiental y de seguridad alimentaria que han surgido por el uso del maíz, como tal, en la producción de etanol en Estados Unidos.

Bob Wallace, experto en biocombustibles que trabaja en NREL, explicó que el etanol de celulosa se obtiene a partir del olote y la tuza del maíz, desechos agrícolas e incluso basura.

El proceso actualmente es costoso, pero el objetivo de los investigadores es lograr abaratar y masificar estas tecnologías, de modo que los agricultores puedan trabajar de forma paralela a la producción de alimentos y el suministro de materias primas para los biocombustibles, que serían los mismos desechos.

«De esta manera no solo se vuelve sostenible, sino también amigable para el medio ambiente», comentó Wallace.

Un hecho en el que las diferentes visiones sobre el tema coinciden es que el impacto ambiental y alimenticio de los biocombustibles varía de país en país, dependiendo de las condiciones económicas y territoriales, de las materias primas que se usen, y de las superficies que se destinen para el cultivo de las mismas.

«Hay que examinarlo en cada caso, hay que ver la situación de cada país y qué tierras tienen disponibles. Los países de Centroamérica y el Caribe han sido productoras de azúcar, y las tierras que tienen disponibles para ello no son aptas para el cultivo de alimentos», explicó José Miguel Insulza, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA).

En El Salvador, el ingenio La Cabaña aprovecha el procesamiento de la caña de azúcar para producir etanol, fertilizante, y para generar la energía eléctrica que necesitan.

Emilio Suadi, viceministro de Agricultura de El Salvador, dijo que el país el desarrollo de esta industria no riñe con la seguridad alimentaria, porque las tierras para el cultivo de la caña no sirven para la siembra de otros productos.

«Además, hay suficiente azúcar. Se exporta un 57% del azúcar producida, y más del 50% de la melaza… con solo dejar de exportar estos productos se podría producir suficiente etanol para sustituir entre un 25% y un 27% del consumo de gasolinas», indicó el funcionario público.

Lo que hace falta es que se apruebe la ley de etanol.

Según el funcionario, el proyecto elaborado por el Ejecutivo podría llegar a la Asamblea Legislativa el mes próximo.

De acuerdo a Wallace, es importante contar con un marco legal. «La legislación transparente da estabilidad a los inversores, y permite ordenar el sector», concluyó el experto.

Fuente: La Prensa Gráfica (www.laprensagrafica.com)

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