La jatrofa, cultivo en discordia



La jatrofa, cultivo en discordia. Cultivos alternativos

Los biocombustibles, que tanto apoyo recabaron como alternativa a los combustibles fósiles, han ido perdiendo su buena fama paulatinamente, puesto que el desplazamiento del uso que se da a cultivos alimentarios, como los cereales y la soja, está provocando fuertes subidas en los precios de los alimentos. Para solucionar esta competencia con los alimentos se habla ya de los biocombustibles de segunda generación, esto es, aquellos que no proceden de cultivos alimentarios. Sin embargo, con éstos tampoco deben olvidarse las cautelas.

El devastador ciclón «Nargis» ha dejado al descubierto en Myanmar algunos de los problemas que pueden plantear estos nuevos biocombustibles. El desmantelamiento de buena parte de las hectáreas cultivadas de arroz para que crezca allí la jatrofa, una planta oleaginosa capaz de producir cuatro veces más biodiésel que el maíz y diez más que la soja puede poner en serios apuros a la población birmana, cuyo Gobierno ha ordenado el cultivo de tres millones de hectáreas de jatrofa hasta 2009.

De América al resto del mundo

¿Pero de dónde ha salido esta planta? Fueron los portugueses quienes la extendieron desde Centroamérica al resto del mundo en el siglo XVI. Entonces nadie podía imaginar que podía convertirse en la «panacea de los biocombustibles del futuro», como se refería a ella la BBC hace unas semanas.

La Jatropha curcas, conocida también como jatrofa o piñón de tempate, ha sido utilizada para fabricar jabones y velas, o como remedio para combatir el constipado, las fiebres altas e incluso la malaria. El aceite de su semilla se usó en motores en África durante la Segunda Guerra Mundial y en Brasil se ha utilizado como biocombustible para lámparas de iluminación de calles.

Y es que la atracción por este arbusto procede de que puede crecer en cualquier lugar, es resistente a la sequía y produce semillas para más de medio siglo. Una oportunidad que no han dejado escapar las regiones tropicales y subtropicales con climas idóneos para el crecimiento de este arbusto —que llega a medir hasta 8 metros de altura—, en las más de ocasiones con proyectos impulsados por compañías energéticas extranjeras, y a la que tampoco quiere renunciar Europa.

Así, aunque se cultiva preferentemente en India, Myanmar (donde ya hay 800.000 hectáreas), China, Egipto, Colombia o Madagascar, en Europa se están investigando variedades adaptadas al clima del sur del continente. Según explica Carlos Mesa, técnico de Asaja-Sevilla y miembro del grupo consultivo de bioenergía y biotecnología de la UE, se trata de encontrar variedades tanto tradicionales como biotecnológicas que necesiten menos recursos hídricos. En España, explica, «se están realizando ensayos en Almería, Huelva, Cádiz, Málaga, Sevilla y Canarias».

No obstante, el principal problema para la implantación de este cultivo en Europa no son tanto las condiciones agronómicas, sino la forma de recolección. «El cuello de botella son las nulas técnicas de recolección mecanizada —dice Mesa—, por lo que se está estudiando su mecanización. Hay que tener en cuenta que en los países donde actualmente se produce este cultivo su recolección se realiza a mano, pero en esos países la mano de obra es abundante y su coste es mucho menor que en el sur de Europa». Por tanto, la investigación de su posible recolección mecanizada es crítica para el éxito de este cultivo en la UE.

Además de por su resistencia, que le permite adaptarse a casi cualquier tipo de terreno, por lo que también se usa para combatir la desertificación y rehabilitar las tierras degradadas, lo cierto es que es un cultivo del que se puede aprovechar casi todo. Del tallo se extrae el látex, y de sus hojas y corteza otras distintas sustancias para aplicaciones medicinales, usos como insecticida, etc.

Mayor productividad

Además, de la cáscara y la semilla se obtiene el biodiésel con un rendimiento altísimo. «Su productividad es mayor que los cultivos tradicionales como uso energético (colza, girasol, etc)», dice Mesa. Así, frente a los 420 litros por hectárea que se obtienen de la soja o los 890 del girasol, el aceite que puede obtenerse de una hectárea de jatrofa asciende a 1.500 litros, y ya hay algunos ensayos que elevan esta cifra a los 1.900 litros por hectárea. No es de extrañar, por tanto, que en algunos sitios ya se la conozca como el oro verde. Defensores y detractores coinciden en que si se respetaran las mínimas cautelas, como plantarla sólo en tierras degradadas, y que abastezca energéticamente a la región donde se cultiva, no supondría ningún riesgo. Pero las cautelas, a veces, no se dan y se genera la misma polémica que con sus padres, los biocombustibles de primera generación.

Temas relacionados: energías renovables, energías alternativas, biodiésel, jatropha, jatrofa, piñón de tempate, aceite, oleaginosas, tierras degradadas, biocombustibles, colza, girasol

Fuente: ABC.es (www.abc.es)

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