El negocio de la energía renovable, por Lucía Valero



El cambio climático es un hecho. Así lo aseguró el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático el pasado 2 de febrero de 2007. Los científicos, con un informe contundente, declararon que el calentamiento global es “inequívoco” y que la actividad humana “muy probablemente” es la causante de cambios drásticos como las tormentas extremas, las sequías, las olas de calor o el aumento de la temperatura global a lo largo del siglo.

La lucha contra el calentamiento del planeta no es un tema baladí. Así lo afirma también el otrora candidato a la presidencia de EEUU, Al Gore, Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2007 que, con su documental “Una verdad incómoda”, ha dado a conocer al mundo cómo la temperatura global no ha hecho más que aumentar a lo largo del siglo. Las consecuencias, muchas de ellas visibles en los polos del planeta, podrían ser devastadoras.

El consumo mundial de fuentes de energía fósiles como el carbón y el petróleo, responsables de las emisiones de gases contaminantes en la atmósfera, se perfila a largo plazo insostenible y hace necesaria la adopción de un tipo de energía alternativa más limpia. Además, la volatilidad de los precios del crudo debido a la inestabilidad política de las regiones que lo producen ha impulsado la búsqueda de un combustible más estable y asequible a todos los bolsillos.

Uno de los modelos energéticos que está pisando fuerte en la búsqueda del desarrollo sostenible es la conocida como alternativa de los biocombustibles. Se trata de una energía derivada de la biomasa u organismos vivos entre los que destacan el etanol, procedente del maíz, la caña de azúcar o la remolacha y el biodiésel, fabricado con aceites vegetales.

Con origen biológico, los biocombustibles están empezando a ganarle terreno a los combustibles fósiles, una realidad a la que no es ajena Estados Unidos, que busca la manera de frenar su adicción al petróleo extranjero -el país consume un promedio de más de 20 millones de barriles por día- y que ve en esta energía una respuesta a su dependencia del oro negro.

El presidente George W. Bush, que reconoció en su discurso del Estado de la Unión del 23 de enero que el cambio climático constituía un “riesgo serio”, está empezando a sentir cierta presión con respecto a su política energética. Con el calentamiento global de plena actualidad y el partido Demócrata involucrado en el asunto, a la Casa Blanca no le queda más remedio que empezar a tomar medidas.

La utilización de los biocombustibles es una de las apuestas más ambiciosas de Washington ya que con ellos se pretende reducir progresivamente el consumo nacional de crudo. De esta forma, el Departamento de Energía de EEUU está llevando a cabo el Programa de Biomasa, centrado en el desarrollo de nuevas tecnologías que conviertan la biomasa (residuos derivados de las plantas) en combustibles sustitutivos del petróleo.

Dentro de este programa destaca la Iniciativa de los biocombustibles que persigue convertir el etanol celulósico en un combustible con precios competitivos antes de 2012 y reemplazar el 30% del consumo de gasolina por biocombustibles para el año 2030. La principal materia prima del etanol es el maíz y en estados como Texas ya se están construyendo tres plantas de producción con el objetivo de proporcionar combustible a nivel industrial.

Junto con la puesta en marcha del Programa de la Biomasa, el gobierno está apoyando el fomento de los biocarburantes con nuevas medidas legislativas. El congreso de los Estados Unidos ha aprobado una ley de política energética que requiere que la industria nacional del petróleo use 7.500 millones de galones al año en fuentes de energía renovable hasta el 2012, la mayor parte de la cual se espera que provenga del etanol.

La promoción es tal que, en los presupuestos de Estados Unidos para el 2008, se incluyen 179 millones de dólares destinados a la iniciativa de biocombustibles, un 19% mas con respecto al año anterior. El objetivo de la administración es claro: reducir el consumo de gasolina mediante la producción de etanol, un esfuerzo que la oficina presupuestaria del Congreso estima que costará diez mil millones de dólares.

El potencial del mercado norteamericano

La fuerte intervención gubernamental norteamericana en el sostenimiento y promoción del etanol proporciona un interesante marco para las oportunidades de negocio en el sector de las bionergías. Así lo afirma un estudio del Instituto de Comercio Exterior español realizado por Enrique Alejo. Este marco favorable se da porque Estados Unidos es el segundo productor y consumidor mundial de etanol y sólo tiene potencial para producir la mitad del combustible para 2017, que sustituiría a un 10- 20% de la gasolina. En cuanto a la soja, la mayor fuente de biodiésel, el país podría sustituir para ese período hasta un 5-10% del diésel tradicional.

Si unimos a estos factores la debilidad del dólar y la necesidad que tiene el país de desarrollar nuevas tecnologías para producir esa energía, en Estados Unidos se estarían dando las condiciones necesarias para la inversión directa en proyectos y empresas así como otras tantas de inversión indirecta en private equi equity, capital riesgo y acciones cotizadas.

El mercado norteamericano de los biocombustibles, con un gran potencial de crecimiento y con una fuerte proporción de proyectos integrados por grupos cooperativos de productores, surge como un sector con interesantes rentabilidades para las compañías energéticas españolas, que podrían poner en marcha proyectos para vender etanol a Estados Unidos.

España fue el noveno productor mundial de etanol y el décimo en biodiésel en 2005. Su desarrollo industrial y tecnológico en el sector le permitiría introducirse con fuerza en el sector energético norteamericano, beneficiándose de las exenciones fiscales y de las ayudas y subsidios a los biofueles que muchos estados federales están proporcionando. Según los datos del ICEX, siete estados ofrecen incentivos para los vehículos que utilizan combustibles renovables o requieren biocarburantes en las flotas públicas; 17 estados dan subsidios directos, créditos fiscales al impuesto sobre la renta y exenciones al impuesto sobre ventas a los productores de biofueles y 19 ofrecen exenciones fiscales a los biocombustibles.

El ICEX proporciona ejemplos como el de Nueva York, donde el gobernador solicitó un programa de 20 millones de dólares para desarrollar la capacidad de producción celulósica y un programa de 5 millones de dólares para expandir las estaciones de servicio de E85 y B20. En Minnesota, el gobernador solicitó un incremento de la producción de etanol del estado hasta un 20% hasta el 2013. Ante estos incentivos estatales, las compañías españolas deberían considerar la diversificación de su mercado para rentabilizar el sector de la bioenergía, cuyo uso todavía es muy residual.

Tanto es así que, a pesar de que la producción de biocarburantes creció un 44 % en 2006 con respecto al año anterior, las ventas procedentes de las plantas españolas crecieron a un ritmo inferior al de su producción en 2006, según datos ofrecidos por un informe de Asociación de Productores de Energías Renovables (APPA), aumentando un 19% respecto al año anterior y cubriendo tan sólo un 0,53% del mercado de los combustibles.

El mercado estadounidense se coloca como un gran reclamo dado que el uso de biocombustibles todavía no está muy generalizado en España. Es más, el secretario de energía de Estados Unidos, Samuel Bodman, declaró recientemente que se necesitarán más importaciones para cubrir la creciente demanda norteamericana de etanol y las empresas españolas no deberían perder el paso y satisfacer esa necesidad de consumo. Otro aspecto positivo para la inversión y destacado por el ICEX es que las empresas españolas mejorarían su capacidad productiva porque la puesta en marcha de proyectos en Estados Unidos generaría una valiosa actividad industrial y la consiguiente construcción de equipos e instalaciones y desarrollos tecnológicos.

Así lo está haciendo la empresa tecnológica andaluza Abengoa, cuya filial Abengoa Bioenergía destinará más de 1000 millones de euros en los próximos tres años a proyectos de bioetanol y que está expandiéndose por Estados Unidos con la construcción de nuevas plantas de producción de este combustible (la última de ellas en Nebraska).

Algunos inconvenientes del combustible verde

El crecimiento potencial del mercado de los biocombustibles tiene un atractivo indudable para las posibilidades de inversión de las empresas energéticas y ofrece unas interesantes perspectivas desde el punto de vista tecnológico y energético. Pero no está exento de inconvenientes. En primer lugar, hay que considerar que el sector se caracteriza por una gestión compleja y por estar sujeto a la volatilidad del precio de la materia prima y a las subidas y bajadas del precio del petróleo, repercutiendo tanto positiva como negativamente en la rentabilidad del etanol y el biodiesel.

Otra cuestión a tener en cuenta es la competición de los biocombustibles con el mercado de los alimentos. El Fondo Monetario InternacionaI, en su informe de primavera, asegura que la creciente demanda de bionergía dispara el precio de los cereales, los aceites comestibles e incluso la carne. El texto señala que, mientras el etanol y el biodiesel a pequeña escala pueden ser beneficiosos al complementar el abastecimiento de combustible tradicional, promover su uso a niveles insostenibles es problemático con la tecnología actual.

Desde el FMI se advierte que los países desarrollados tienden a ver en los biocombustibles la solución rápida para reducir la dependencia del petróleo y que es necesario reducir los subsidios y aranceles tanto en EEUU como en Europa para no perjudicar a países en desarrollo como Brasil. Por último, las compañías energéticas no deben olvidar que la función última de este tipo de energía es la contribución a la protección del medio ambiente y al desarrollo sostenible.

La organización CorpWatch denuncia que el etanol no sirve para reducir las emisiones de dióxido de carbono porque también se genera del carbón, una de las fuentes de energía más tóxicas que además emite agentes carcinógenos en la atmósfera. Además, el principal productor de etanol de EEUU es la compañía agrícola norteamericana Archer Daniels Midland (ADM), un gigante empresarial que tiene el dudoso honor de ser “la décima empresa más contaminante” en la lista Toxic 100 elaborada por la Universidad de Massachusetts pero que ha defendido sus intereses con éxito actuando como lobby de presión sobre la Casa Blanca.

Evidentemente, si las compañías españolas desean impulsar los biocombustibles bajo la premisa del ecologismo no podrán tomar como referente a ADM y tendrán que ser más exigentes en sus objetivos. Para asegurar la sostenibilidad del etanol y el biodiesel y garantizar la defensa del medio ambiente, las empresas españolas deberán optar por impulsar una segunda generación de biocarburantes, procedentes de materias primas más ecológicas, como la celulosa, que no entren en competencia directa con los alimentos y que sirvan para cumplir los objetivos deseados: reducir las emisiones de dióxido de carbono en la atmósfera y reducir la dependencia del petróleo extranjero.

Lucía Valero
Periodista especializada en Relaciones Internacionales
Artículo publicado en Business Pro
Fuente: www.globalaffairs.es

Originally posted 2007-10-01 04:00:00.


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